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jueves, 15 de septiembre de 2011

Deudas (Cuento por Allan Corvis)







DEUDAS

Como una fiera enjaulada, caminaba de un lado hacia el otro dentro de la  pequeña habitación, contigua a la sala de velación de una funeraria. Musitaba para sí imperceptibles palabras que evidenciaban una profunda sensación de molestia. Se paseaba meditabundo por la solitaria estancia, golpeando la palma de su mano izquierda con el puño cerrado de la derecha, y cada tanto en su pendular deambulación, maldecía con amargura su mala suerte. Todo en él acusaba una desesperación incontenible, que marcaba  en su rostro un rictus amargo,  que ocasionaba un extraña repulsión hacia su persona.
Parecía haber estado padeciendo tal sufrimiento desde hace mucho tiempo. Cada tanto se sentaba en un roído sofá ubicado en un rincón de la habitación. Cruzaba enfadado las piernas, y con la que quedaba suspendida en el aire realizaba un angustiante e incomodísimo balanceo.
Se hallaba absorto en aquellos pensamientos que le descomponían,  mientras se sentaba en el sofá. Se levantaba. Caminaba afanosamente unos segundos y luego se volvía a sentar. Todo aquello resultaba un insoportable monólogo de ansiedad.
De repente pareció rebasarse  el límite de la paciencia humana y el umbral de la cordura en su interior,  cuando rascándose furiosamente el cuero cabelludo se levantó de un salto del sofá y caminó raudo hacia la puerta de la habitación. La abrió e irrumpió estrepitosamente en el salón donde resplandecía tristemente el ataúd. Entonces, en ese momento sintió desatarse dentro de sí un irresistible impulso demencial que lo llevo a asestar el más certero y poderoso puntapié que se haya podido propinar jamás. Una patada que echo a rodar féretro y demás ornamentos que componían la ceremonia, mientras todos los que se hallaban en el recinto le miraban con gran estupefacción y evidente sorpresa. En ese instante aquel hombre, dirigiéndose con la mirada a la viuda que le observaba desconcertada, mientras señalaba iracundo el cadáver desparramado irreverentemente en el suelo gritó:
- ¡No tuve la culpa… fue él quien tuvo el atrevimiento de morirse sin pagarme antes mis putos diez mil pesos!  




Corvis.


sábado, 23 de abril de 2011

Mala sangre (Cuento por Alan Corvis)




Mala sangre



-Sin duda,  ¡tenía que ser así!
-No lo creo, ella tenía otras opciones
-Qué otras opciones iba a tener. Eso hizo su abuela, eso hizo su madre, eso tenía que hacer ella.
-Insisto, pudo haber hecho mejor las cosas, luego, ¿qué sentido tuvo entonces todo aquel esfuerzo?
-El esfuerzo era la obligación de sus  padres … o acaso ¿no hubieras tu hecho lo mismo?

Llegó el café,  el ruido  de las cucharillas revolviendo el azúcar por un instante les separo de sus pensamientos.

-¡La muy torpe!, estoy seguro que hubiera podido alcanzar algún buen puesto, solo con un poco de paciencia. Típico de las mujeres.
-Deja de hablar tanto de mujeres, al fin y al cabo tienes las tuyas propias.
-Muy a mi pesar por cierto.
-Como sea. En fin, no es cuestión de ser mujer o no, es cuestión de ser inteligente, de ser práctico.
-Puede ser. Y entonces, ¿qué piensan hacer ahora con su pequeño regalito?
-¿Qué más van a hacer?, al fin y al cabo sigue siendo su hija ¿no?
-demasiado estúpida.
-Pero hija finalmente. Lo que más me inquieta del asunto, no es que le hubiera sucedido a ella; sino que a su madre y a su abuela también le hubiera ocurrido lo mismo
-¡BAH!, es solo cuestión de genes.  Sucede que son mala sangre.




Corvis 2011.


jueves, 4 de febrero de 2010

Ocurrió así (Cuento por Alan Corvis)

Ocurrió así


Ahí estaba yo. Al pie del cuadrilátero viendo como le  propinaban una soberana paliza a  quien había apostado yo más de tres años de mis ahorros. Moría de desesperación;  creo, me había comido ya más de  cinco uñas enteras mientras “Mano de piedra” Gonzales mataba a golpes a mi peleador.
Yo veía entre cada punch y cada gancho a la quijada, irse tristemente a chorros mi dinero.  El knockout era inminente ya, y yo desesperado lloraba mi increíble mala fortuna, ¿Pero cómo era posible que se quedara así? Sin levantar los brazos por lo menos, ¡es que parecía muerto en vida el pelmazo.  Yo no pude soportar más aquella situación. y lo que logro recordar ahora de aquel momento, es que unos segundos después, cuando finalmente logré reaccionar de entre una extraña bruma mental, me vi dentro del ring noqueando con mis propios puños al mano de piedra Gonzales que se protegía infructuosamente ante aquel súbito ataque mientras un racimo de gigantescos guardias llovían raudos sobre mí tratando desesperadamente neutralizarme. Ahora le pregunto señor municipal: ¿qué más podía  yo hacer?, ¿dejar que el gran hijo de puta se llevara  mi dinero?



viernes, 5 de junio de 2009

Cadáver exquisito ( Cuento por: Ambrose D'argé)




Cadáver exquisito


Era imposible no detenerse un instante y contemplar aquel espectáculo. El suelo del jardín del instituto se hallaba tapizado alegremente de miles de diminutas flores blancas. El pequeño patio se encontraba deliciosamente inmerso en una delicada fragancia que lo arrullaba todo, y que no dejada de maravillar a todos los que por allí caminaban. Solo un hombre al llegar al pequeño jardín florecido, suspiró disgustado mientras oservaba aquellas flores derramadas en el suelo con una mueca de evidente desagrado, como si le resultasen indeseables.

Aquel hombre era el barrendero del instituto. Era el encargado de recoger con la paciencia silente de su pala y de escoba, los despojos mortales de la primavera. Ese cadáver exquisito que yacía inerte y feliz, ante sus ojos. 


Ambrose D'argé