En esta ocasión se me dió por recordar un maravilloso filme, apreciado una y otra vez, con la misma emoción y sentido de sorpresa de la primera vez.
martes, 14 de septiembre de 2010
Cine Argonáutico - Eterno resplandor de una mente sin recuerdos
En esta ocasión se me dió por recordar un maravilloso filme, apreciado una y otra vez, con la misma emoción y sentido de sorpresa de la primera vez.
miércoles, 22 de abril de 2009
Calvin & Hobbes: La historia de una gran amistad
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domingo, 19 de abril de 2009
Ecología
OPTIMISMO
El hombre empieza descubrir que todos sus afanes industriales y económicos, a la larga redundarán en la destrucción de su propio planeta. Es una realidad evidente desde hace mucho tiempo, pero solo hasta muy poco, ya cuando el planeta ha roto su balance natural y comienza a afectarnos, ha iniciado el debate sobre las políticas globales en materia ambiental.
Ha tomado muchos años, de caótico y desenfrenado “desarrollo”, el pequeño logro de tomar conciencia sobre el autodestructivo sendero sin retorno, al que estamos encaminados. Y el mundo en general, con contadas excepciones que entorpecen estos esfuerzos, ha iniciado el retorno hacia lo verde, hacía lo natural, hacia la preservación y manejo adecuado de los recursos naturales.
Resulta bastante paradójico que en aras de tan desesperado afán, se haya producido tanto daño al planeta, y que producto también de este afán, ahora todas las políticas de desarrollo a futuro, estarán dirigidas hacia la preservación del medio ambiente. Es que después de doscientos años de desarrollo industrial desmedido, solo recientemente hemos logrado descubrir que el planeta no resistirá por mucho tiempo más este vertiginoso ritmo al que le hemos venido sometiendo, y que tarde o temprano nos pasara cuenta de cobro.
Occidente, líder de esta irrefrenable carrera industrial, empieza a sentir en carne propia las consecuencias de su indiferencia hacia el medio ambiente, un tema que hasta hace pocos años era mirado con desdén desde las más altas esferas del poder, y que ahora es tenida como una de las más grandes prioridades en los programas de gobierno y de desarrollo de las principales potencias mundiales, incluyendo algunas del hemisferio oriental terráqueo, como Japón y Corea del Sur.
Es muy diciente que dos muy representativos líderes mundiales, como Alan Gore, y Tony Blair, en un momento tan coyuntural, hayan incluido el tema del daño ambiental en la agenda de los temas de mayor prioridad a nivel global, y hayan lanzado al mundo un mensaje de alerta ante nuestro poco prometedor futuro.
El balance entre desarrollo económico y protección del medio ambiente, es el gran reto político de los próximos tiempos, y estoy seguro que de una u otra forma, el hombre se las arreglará para proseguir en su afán económico, pero ya sin ocasionar las graves secuelas que aun hoy se siguen produciendo al planeta.
Soy optimista ante el pesimismo, ha sido necesario llegar hasta este punto, para tomar cartas en el asunto y acometer acciones reales en el tema.
No obstante el panorama es desolador, el calentamiento global nos amenaza; algunas de las principales ciudades del mundo divisan sobre sus cabezas el peligro latente de desparecer inmersas en las aguas del mar. Los Ángeles, Tokio, Hong Kong, son solo algunas de las metrópolis que desaparecerían de la faz de la tierra tragadas por el océano, si en menos de cincuenta años no reducimos por lo menos a la mitad, la emisión de gases de efecto invernadero; y este problema, el de la emisión de gases, para ser resuelto, implica un gran cambio en nuestros hábitos de consumo, algo muy difícil de realizar en una sociedad que se ha fundado sobre la base del consumismo.
Sin embargo, soy optimista, ya hemos planteado el problema, y estoy seguro de que a la larga sobreviviremos, y lograremos el tan necesario balance entre industria y medio ambiente; estoy seguro de que lograremos asumir con responsabilidad nuestro desarrollo, y que finalmente lograremos darle un respiro a nuestro solitario planeta.
Mensaje de esperanza lanzado por El Argonauta con motivo de la celebración mundial del día de la tierra (22 de abril).
sábado, 18 de abril de 2009
miércoles, 15 de abril de 2009
Actualidad: Pena de Muerte
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Matar es matar.
He seguido con suma cautela el debate generado en el país, sobre la imposición de la pena de muerte a delitos considerados por unanimidad como “atroces”. Lo digo entre comillas, no por cuestionar el carácter abyecto y repugnante de conductas como la violación o el homicidio de niños; sino por la gran peligrosidad que reviste un paréntesis abierto en este sentido, además de la ambigüedad que ello implica. Es decir, lo peligroso es dejar aquella puerta abierta.
Me parece sumamente positivo y necesario que los medios de comunicación en Colombia se esfuercen en colaborar a erradicar este tipo de conductas de nuestra realidad, vale el esfuerzo. Sin embargo hay que ser muy cuidadosos al encender hogueras en este país tan inquisitivo. Toda la Nación clamó por una pena ejemplarizante para el delincuente y sus secuaces, y la pena ejemplarizante fue impuesta. Se le aplicó al padre de la criatura el máximo de prisión permitido por nuestra ley penal.
A raíz de este horrible episodio, empezaron a escucharse por doquier voces dispersas que pedían penas más drásticas para delitos de este talante, y nuestro locuaz vicepresidente de la república brindó un eco de apoyo a este clamor tan evidentemente emotivo, declarando que en Colombia era necesario imponer pena de muerte a crímenes de esta magnitud, óigase bien, pena de muerte.
Que la opinión pública se halle dividida en diversas posiciones sobre este espinoso tema, es apenas natural y lógico, pero que el establecimiento gubernamental, se pronuncie mediante la voz del segundo al poder, de forma tan ligera en un tema tan trascendental en los más diversos aspectos, resulta sumamente grave. El Presidente intentó enmendar el error de su segundo, enviando un mensaje bastante moderado, apropiado y racional. A pesar de esto ya el debate estaba servido sobre la mesa, y azuzado por un miembro principal del Estado.
Se pronunció el vice diciendo no saber si Orlando Pelayo (el asesino y padre del niño) merecía seguir viviendo, después de haber cometido un crimen tan atroz, mostrando tal grado de desprecio por la vida humana.
Añadió que “no sabe si es necesario que un hombre merezca pasar toda la vida en la cárcel, a costa de los contribuyentes, cuando despreció a un ser humano tan indefenso, como lo es un bebé de 11 meses”.
Independientemente de la opinión que nos merezca el vicepresidente colombiano, es necesario lanzar esta bengala al aire en un momento de tanta excitación política en el país. El derecho a la vida es y debe ser inviolable, acorde a cuanto tratado internacional y declaratoria de derechos humanos haya a lo largo y ancho de la tierra, incluyendo nuestra propia constitución política.
El hecho de empezar a hacer salvedades sobre este derecho, el más fundamental y evidentemente imprescindible, sería como retroceder siglos atrás no solo en materia de política criminal, sino también en el desarrollo o fortalecimiento de las instituciones civiles, y la protección de los derechos humanos.
Apartándonos de la discusión sobre la legitimidad de gobierno, y de nuestra rama legislativa; considero que ni siquiera al más aceptable y popular de los gobiernos, le es permisible modificar, lo que a mi juicio debería ser una clausula pétrea constitucional, esto es, el derecho fundamental a la vida. Ninguna votación puede otorgar a los gobernantes poder tan absoluto sobre los ciudadanos, como el dejar a siempre cuestionables criterios subjetivos, el hecho de decidir quién debe o no morir.
Estas razones sin embargo poco parecen desalentar a los promotores de esta iniciativa. No obstante, paradójicamente han generado un gran dolor de cabeza al gobierno y a sus huestes. Es sumamente peligroso que se abra la puerta de la pena de muerte en un país donde más de veinte mil cadáveres, producto del conflicto armado, claman incesantemente desde el anonimato por justicia. En un país donde otros criminales también atroces, se encuentran bajo el manto impune de la justicia transicional y ad portas de recibir penas no mayores en el mejor de los casos a los cinco años de prisión.
Entonces acá surge una interesante cuestión que denota la parcialización tanto de la opinión pública como de las bien manejadas tendencias populares en este país. Se pide la guillotina para crímenes atroces como el homicidio y la violación toda vez que sean cometidos sobre niños; pero se brinda una sospechosa indulgencia a crímenes de lesa humanidad como el genocidio, y otras conductas de igual o mayor gravedad. Vaya una posición extraña en un país tan piadoso.
Nunca la muerte puede ser siquiera considerada como instrumento punitivo. Y aun en el caso más terriblemente doloroso, matar siempre será matar, y nadie, absolutamente nadie sobre este planeta, está legitimado a quitarle la vida a otro ser humao, y menos aun bajo pretexto de causas tan abstractas y maleables como la búsqueda de la justicia.
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lunes, 6 de abril de 2009
Crónica: El partido de la muerte
Para los que nos gusta el fútbol, todo partido tiene algo definitivo. Días antes del encuentro, no importa si lo esperamos como jugadores o como espectadores, la realidad empieza a precipitarse hacia el gran evento y cuando faltan pocas horas nada de lo que venga más tarde parece posible. Es una especie de fin de mundo, el momento del pitazo inicial, porque la pasión ordena que los partidos sean a muerte, que en todos uno deje las piernas, la garganta, la vida. Claro que los noventa minutos pasan, incluso los que deciden un campeonato internacional o un mundial, y la espera de siete días o cuatro años vuelve a tomar su curso. Pero esta búsqueda del partido absoluto, el partido que lo decidirá todo, no es simple expresión de una utopía inalcanzable, sino también una especie de tributo a un partido verdaderamente definitivo, un partido que fue literalmente a muerte, tal vez el más dramático de la historia del fútbol.
Tuvo lugar durante la segunda guerra, entre un combinado del ejército nazi y el Dynamo Kiev de Ucrania. Uno de sus principales fomentadores fue Iosif Kordik, un hombre taciturno y cruel al que solo se le conocía una pasión: el fútbol. Como casi todos los fanáticos de ese deporte en Ucrania, Kordik era hincha del Dynamo Kiev, un equipo que ya en ese entonces se encontraba entre los mejores de Europa. Corría el año 1942, Kiev hacía ya varios meses que estaba bajo el poder de los nazis y todos los jugadores del Dynamo habían pasado a la clandestinidad. Caminando un día por las ruinas de su ciudad, Kordik sintió que el corazón le daba un vuelco: en la vereda de enfrente estaba uno de sus ídolos, el portero Trusevich.
Para entender lo que debe haber pasado por la cabeza de Kordik en ese momento supongamos que fuera un catalán de hoy, naturalmente fanático del Barça, y que de pronto hay guerra, el ejército francés ocupa Barcelona, los campeones de España pasan a la clandestinidad y caminando un día por la calle Kordik ve, hambriento y en harapos, a Ronaldinho. Un encuentro extraño, por decir lo menos. Y más extraño aún si a eso le agregamos que la guerra ha invertido los papeles y ahora Kordik tiene más poder que Ronaldinho, pues regentea una fábrica de pan. Lo que en otras circunstancias hubiera terminado con un grito de saludo o un pedido de autógrafo, aquí marcó el principio de un sueño: invitado a trabajar para Kordik, Ronaldhino va trayendo a sus otros compañeros: Messi, Puyol, Eto'o...
Eso fue más o menos lo que pasó en 1942, pero con jugadores de los clubes locales Dynamo Kiev y Locomotora Kiev. Kordik, que trabajaba para los nazis y no era ningún Schindler, no les dio asilo por piadoso o humanitario, sino porque le gustaba la idea de verse rodeado de sus estrellas, pero igualmente sacó de la miseria a los mejores futbolistas del país y a muchos deportistas de otras disciplinas. Además de un trabajo fijo y un poco de pan todos los días, les ofrecía algo casi tan importante: la posibilidad de jugar al fútbol. En el patio de su panadería comenzó a formarse así el dream team de Kiev y de toda Rusia: el FC Start.
Meses después de haber invadido Ucrania, los nazis buscaron reinstaurar en Kiev algún tipo de normalidad completando el estadio y creando una nueva liga de fútbol de seis equipos, cuatro formados por soldados alemanes o de ejércitos afines al Reich, uno de ucranianos colaboracionistas (el Rukh) y el FC Start. Para la inauguración del campeonato se enfrentaron los dos equipos locales, el de los panaderos subalimentados que no tenían ni botines y el de los colaboracionistas de panza más llena y ropa limpia. Ganó el equipo de Trusevich por 7 a 2.
Los camaradas de la fábrica de pan jugaban con camisetas rojas, eran todos miembros del Partido Comunista y no ocultaban su antipatía por el régimen que desde hacía casi un año se había hecho cargo de su país. Su victoria frente a los colaboracionistas no era la mejor propaganda para el gobierno de la esvástica, así que el entrenador del Rukh, otro ucraniano que trabajaba para los nazis, hizo que las autoridades prohibieran que el FC Start jugara en el gran estadio de Kiev. Pero ser desplazado a un estadio más pequeño no le impidió continuar con su racha ganadora (llegó a alzarse con un 11 a 0 contra el equipo rumano). Mientras el Start entusiasmaba a cada vez más gente en el estadio chico, el Rukh aburría incluso a los soldados de licencia dentro del estadio grande. Lo más honesto que hicieron los colaboracionistas durante su penosa campaña fue dejarse ganar por el Flakelf. Presentado como un equipo de la armada aérea alemana que nunca en su historia había perdido, los invencibles del Flakelf eran los destinados a terminar con el mito Start, que ya empezaba a transformarse en el baluarte de la resistencia entre la población. El gran desafío tuvo lugar el miércoles 6 de agosto. El Star voló más alto que los halcones: 5 a 1.
Hacía ya varios partidos que el campeonato había terminado. Invictos y con 43 goles en siete encuentros, los rojos eran los campeones indiscutidos. Pero los alemanes querían revancha. El jueves 7, un día después de la humillante derrota del Flakelf, la ciudad amaneció empapelada por el anuncio (impreso en el mismo papel gris que se usaba para los edictos oficiales) de que el domingo 9 tendría lugar la revancha. Como insinúa pícaramente Maradona cuando habla de los partidos de la selección argentina contra la inglesa, no hay que mezclar fútbol con política, pero que se mezclan, se mezclan. Vale decir: la revancha contra el Flakelf no era un partido más, y los jugadores en torno a Trusevich lo sabían. Para ese momento, ellos eran el honor de Kiev, y no solo el deportivo. La gente y aun los soldados de los ejércitos aliados a Hitler se acercaban a la fábrica o al vestuario para ofrendarles comida. Mediante donaciones pudieron incluso completar su equipo con medias y shorts. Jugar a perder habría sido una traición impensable.
Minutos antes del encuentro, los rojos recibieron una visita en el vestuario. "Saluden a sus oponentes según nuestra forma", aconsejó a los jugadores del equipo ucraniano un hombre vestido con el uniforme de la SS, quien sería árbitro del partido. Lo que con toda amabilidad les estaba pidiendo era que recibiesen al combinado de la Luftwaffe, la fuerza aérea alemana, con un sonoro "¡Heil, Hitler!". En el estadio repleto (sobre todo por soldados nazis), los rojos no siguieron su consejo: al principio del partido levantaron el brazo al estilo hitleriano, pero para inmediatamente golpearse el pecho y gritar el saludo ruso ¡Fizcult Hurra!, ¡Viva el deporte! No sería la última regla que romperían durante el partido: frente a un equipo bien alimentado y con once jugadores suplentes, un equipo que prefería pegarle al cuerpo de los contrincantes que a la pelota y un referí que parecía ciego para todo lo que no fueran las faltas del Start, los del Kiev (mal alimentados, exhaustos, sin suplentes y jugando suave para que no le echaran a nadie) se fueron al descanso con insolentes tres goles a favor contra uno.
En el entretiempo volvieron a recibir visita de un hombre en uniforme, y no precisamente para felicitarlos por su victoria parcial. Hay versiones encontradas sobre el tono que manejó el visitante. Según algunos, primó la moderación: "Ustedes no pueden ganar -dicen que dijo el Offizier-. Piensen en las consecuencias". Según otros, la amenaza fue directa y cristalina: "Si ganan, los fusilamos". Lo cierto, más allá de los matices, es que a más tardar ahora los jugadores del FC Start sabían que se estaban jugando la vida. Y no les importó.
Para el segundo tiempo, el campo de juego fue rodeado por soldados. El clima tiene que haber sido el más denso que conoció jamás un estadio durante un encuentro de fútbol. Trusevich, el portero, que en la primera mitad había recibido una patada en la cabeza que lo había dejado inconsciente por varios minutos, ahora era atacado por la tribuna con todo tipo de objetos. Sin embargo, la presión de los fans del Start también supo amedrentar a los jugadores del Flakelf, que suavizaron su juego. El partido terminó 5 a 3 para el FC Start, pero la verdadera humillación fue un gol que nunca se concretó, el sexto gol invisible: Alexei Klimenko, como Maradona ante los ingleses, esquivó a toda la defensa, incluido el portero, y llegó solo hasta la portería. Pero en lugar de empujar la pelota hacia adentro, la paró sobre la línea y la tiró nuevamente hacia el centro de la cancha. Temiendo una humillación aún mayor, el referí dio por finalizado el encuentro antes de que se cumpliesen los noventa minutos reglamentarios.
La represalia tan temida no llegó de inmediato. Una semana después, los rojos fueron invitados a jugar la revancha contra el Rukh y, guapos, ganaron 8 a 0. Pero unos días después la fiesta se terminó: oficiales de la Gestapo en civil se acercaron a la fábrica con una lista de los nueve jugadores del antiguo Dynamo Kiev. Uno por uno fueron arrestados y llevados al cuartel central de la policía secreta alemana. Todos los jugadores eran miembros del Partido Comunista (debían serlo para poder afiliarse a un club bajo el régimen comunista), pero Nikolai Korotkykh era un agente activo de la policía rusa, de modo que a él lo fusilaron en el acto. El resto fue torturado sistemáticamente durante días, buscando que se delataran los unos a los otros para así ajusticiarlos de forma "legal". No lo consiguieron, y acabaron derivándolos al campo de concentración de Siretz, conocido por sus fusilamientos masivos y el sadismo salvaje de sus guardias.
Solo cuatro de los nueve jugadores lograrían escapar, el resto moriría fusilado o desaparecería sin dejar rastro. Para los sobrevivientes, la liberación rusa de la liberación nazi en noviembre de 1943 no fue su propia liberación. Como casi todos los que vivieron bajo la ocupación hitleriana, también ellos eran considerados poco menos que colaboradores. Por su bien, muy temprano circuló la versión de que habían sido asesinados inmediatamente después del partido, con sus equipos de fútbol aún puestos. Vivos, eran sospechosos; solo muertos servían para héroes.
La historia del partido de la muerte fue contada muchas veces, aunque en la mayoría de los casos de forma más cercana al mito que a la verdad. La más famosa, Fuga a la victoria, la película de 1981 con Sylvester Stallone, Michael Caine, Osvaldo Ardiles y Pelé (¡qué cuarteto!), se encuentra lejos incluso de las versiones más lejanas de la realidad: el partido ocurre en París, termina en empate y ningún jugador muere. Imperdible, eso sí, son las escenas de fútbol, diagramadas por Pelé y filmadas con maestría por John Huston.
Paralelamente a la creación del mito, se intentó también ser más fiel a la verdad. Con la reciente publicación de Dynamo: Defendiendo el honor de Kiev, del inglés Andy Dougan (2001), y documental (todavía inédito en América Latina) Los once de la muerte, del alemán Claus Bredenbrock (2005), se terminó de contar la historia verdadera de un partido que más parece mentira. Pero eso no significa que los ánimos se hayan calmado del todo. "Poco antes de estrenar mi documental recibí tres cartas, presumo que de grupos neonazis, diciendo que todo eso era una patraña", cuenta Bredenbrock en diálogo telefónico con SoHo. Es que los grupos derechistas insisten en que el Dynamo era un club creado por la policía secreta rusa y en que no hay indicios de que los jugadores hayan sido apresados como consecuencia de la victoria. Los filonazis gustan citar también la sentencia del tribunal de Hamburgo, que en 1973 y 2002 recibió denuncias por este crimen de guerra e hizo las investigaciones correspondientes, pero sin llegar a ningún resultado.
En cuanto a los sobrevivientes, después de décadas en el olvido fueron rehabilitados a mitad de los años 60 y declarados héroes en vida. Aún hoy su historia se enseña en las escuelas. Cerca del estadio chico hay un monumento que recuerda la proeza: "Para los jugadores del Dynamo Kiev -se lee en el zócalo-, que murieron heroicamente por el honor de su patria con la frente alta ante el invasor nazi".
LOS ÚLTIMOS SUPERVIVIENTES. Yossif Balakin e Igor Goncharenko, los últimos supervivientes de los héroes del START, se fotografiaron en 1989 como recoge la imagen superior como un último recuerdo delante del monumento a su legendario equipo. Goncharenko fue el último en fallecer, en 1997.





