domingo, 18 de abril de 2010

74 (Poema por: Allan Corvis)

De la colección "Corazón Animal".




74.  

Matando horas
sin saberlo me anulaba.
No soy
sino mi tiempo
en este lugar,
que camina
sin mirar atrás,
sin recordar
más que el hoy
más que algunas horas
más que el ahora.

El pasado es muerte
el presente, camino al cadalso;
el futuro una promesa
tal vez inalcanzable,
¿Mas qué nos resta
además de caminar?.

*


Corvis

miércoles, 17 de marzo de 2010

Gracias!

Ha cumplido un año este blog.

agradezco a las personas que leen o de cierta forma siguen estas publicaciones, que atienden mas a un gusto personal que a un criterio de búsqueda de aceptación. Un año editando, escribiendo, publicando. A quienes gusta esto de escribir, poseer un blog, resulta un ejercicio muy util, se los recomiendo.

Bueno no siendo mas, les dejo, espero que sigan pasándose por acá de vez en cuando, y sean siempre bienvenidos.

att. El argonauta.

jueves, 11 de marzo de 2010

Sobre la vida consciente y otras reflexiones. (*)

(*) ensayo para participación en el corcurso de ensayo literario Universidad del norte 2009.


Al aparente azar de los recuerdos he querido remitir la difícil tarea de seleccionar cinco libros.
Cinco libros que merezcan ser descritos y de los que debo hablar; sobre ellos y de las razones por las cuales estimo su relevancia.
He sometido esta compleja selección a un golpe de dados, a una mano de póquer, al criterio “fácil” e impersonal de la memoria preguntándome en un diálogo imaginario, ¿Cuáles son los cinco primeros libros que acuden a mi mente en este preciso instante?
¿Acaso resulta el anterior, un criterio selectivo demasiado frívolo?: Probablemente, sin embargo en lugar de intentar desesperadamente impresionar a un jurado con algún elaborado criterio digno de nobel, he querido apelar al aparente azar de “lo primero que se venga a la mente” para elegir las obras de mi modesta lista de libros. Pareciera aquella una pregunta casi trivial sino alegara antes en mi defensa, que a lo primero que recurre nuestra memoria ante preguntas de este tipo, no es necesariamente a lo más elemental; sino precisamente a aquello que de una u otra forma ha dejado en nosotros una impresión imborrable. ¿Qué mejor criterio de selección entonces?
La primera obra elegida, fue Historia de cronopios y de famas, de Julio Cortázar. Al lector incauto esta obra no produciría mas efecto que una simpática impresión del autor. Sin embargo, ante una más atenta lectura de estos relatos, podremos descubrir una singular filosofía de vida, oculta entre aquellas líneas; podremos apreciar un sutil y sumamente inteligente sentido del humor, y una muy elaborada atmósfera de inocencia casi infantil lograda con maestría por este autor.
“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. (…) te regalan – no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu mano con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca”.
Nótese la genial descripción que de algo tan corriente, como el obsequiar un reloj, realiza tan creativamente el autor.
“un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de la calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta”.
Gracias a esta maravillosa obra, he aprendido que la vida vista desde la óptica de lo infantil, de lo pequeño, puede resultar más grata y más tolerable. Aprendí también a darle más valor a los detalles, a admirarme con elementos de la cotidianidad que normalmente nos pasan desapercibidos, como disfrutar del mar de flores que nos obsequia la primavera de mi ciudad, ¿te has detenido a observar la belleza y majestuosidad de un roble morado, florecido en la primavera barranquillera?, se derrama entre febrero y marzo, en una magnífica explosión de color, de formas y aromas.
He aprendido también con mi amigo Cortázar, a encontrar en episodios de nuestra vida común y corriente; como un subir de escaleras, o el darle cuerda a un reloj; un tema de reflexión, una historia para escribir.
A Cortázar le debo el no haber perdido la capacidad de asombro por fenómenos y cosas aparentemente nimias del vivir, mas aun en un mundo que es entendido inversamente proporcional conforme avanza.
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía, había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
Es este, el Coronel Aureliano Buendía, uno de los principales personajes (¿debería decir protagonista?) de Cien años de soledad, la obra más excelsa que se haya escrito en lengua castellana desde el mismísimo Quijote de Cervantes. Y esta introducción, (de las más aplaudidas de la literatura universal, junto a las de Nabokov, Poe y Hemingway), marca la puerta de entrada a esta obra total, que es el Alfa y el Omega de Macondo.
Esta obra constituye el segundo libro de mi lista. Podría extender dispendiosamente la descripción de mi experiencia con esta obra, sin embargo podría resumirla diciendo que “Gracias a García Márquez, conseguí identificarme y enorgullecerme de ser un hombre Caribe”.
“Entonces entraron al cuarto de José Arcadio Buendía, lo sacudieron con todas sus fuerzas, le gritaron al oído (…) pero no pudieron despertarlo. (...) cuando el carpintero tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una lluvia de minúsculas flores amarillas”.
Con este poético episodio se despide la providencia del que fuera el dios y fundador de esa extraña población; el famoso deicidio de “Gabo”.
La vasta obra de García Márquez, es el más bello homenaje que se la haya podido rendir a la llamada Nación Caribe. La lectura de Cien años de soledad resulta tan amena, tan fresca, que pareciera estar siendo contada oralmente. Me resulta tan incluyente, que casi me siento dibujado al interior de los remotos paisajes macondianos.
Puedo ver a mi abuela Mamá Chave, la matriarca, dando órdenes por doquier en su pequeño imperio doméstico como si se tratase de mi propia Úrsula Iguarán. Puedo ver en aquellos paisajes, a mi imperecedero abuelo Pacho regresando del monte sobre el lomo de su infatigable burro. Recuerdo aquellas ancestrales tierras, las patillas, los tamarindos, el café hecho en esas viejas ollitas perpetuamente ennegrecidas por el tizne del fogón de leña. Puedo ver también a mis tías, solteras ya de por vida, ocupadísimas en los demasiados quehaceres de aquella, mi casa grande.
Debo escoger ahora con sumo cuidado las palabras que emplearé para hablar sobre una obra tan compleja como es El lobo Estepario, de Herman Hesse, que es el tercer libro de mi lista. Me hubiera resultado imposible omitir en mi evocación literaria, una obra tan inherente a mis propias experiencias, a mi propia filosofía, como esta del premio nobel de 1946.
“el hombre no posee muy desarrollada la capacidad de pensar, y hasta el más espiritual y cultivado mira al mundo y a sí propio siempre a través del lente de formulas muy ingenuas, simplificadoras y engañosas.”
La eterna pugna interna entre los yo que hacen parte de un mismo ser, complementándose entre sí como los lados de un cubo.
Desde la biblia, pasando por Parménides hasta Freud, y desde Wilde hasta Poe. Ha sido tratado profundamente el asunto de la multiplicidad del ser. Sin embargo, me atrevo a afirmar que ha sido Hesse, quien ha abarcado de la forma más perfecta, un tema tan arduo para el pensar.
Un hombre no es solo uno. “un hombre”, es una multiplicidad de entes que en conjunto reflejan lo que apreciamos como unidad.
Esa unidad del ser, que de forma tan obtusa percibimos, no obedece más que a nuestra pobre concepción del cuerpo humano como unidad no como conjunto. Nuestro propio organismo no es una unidad, sino un pequeño universo de vida, de microorganismos conviviendo entre sí en el más perfecto caos.
Ahora, si emprendemos vuelo hacia pensamientos más elevados, debemos cuestionarnos ¿Cómo, cuándo ni siquiera nuestro cuerpo es una unidad, ha de serlo tampoco nuestro espíritu o nuestra alma?
“y es que claro, el pecho, el cuerpo, no es nunca más que uno; pero las almas que viven dentro no son dos, ni cinco, sino innumerables; el hombre es una cebolla de cien telas, un tejido compuesto de muchos hilos”
Fernando Pessoa es el poeta nacional de Portugal, mi poeta favorito, y su obra, resumida en la antología poética El poeta es un fingidor, es el cuarto libro de mi lista.
El poeta es un fingidor,
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.(…)

Sus versos son como agua fresca para el espíritu, sus poemas me han facilitado el análisis de ciertos aspectos de mi espiritualidad bajo nuevas luces.
“Algunos tienen – y es sufrir – la duda:
¿Hay dios o no? ¿Existe el alma o no?
Mas yo no dudo: ignoro. Y si el horror
De dudar es tan grande, el de ignorar
Ni entre los pensamientos tiene nombre”

He hallado en este artista, un compañero en la duda, un amigo en la oscuridad de la ignorancia.
“(¿qué más se yo de dios, que dios de sí mismo?)
Le obedezco viviendo, espontáneamente,
Como quien abre los ojos y ve,
Y le llamo luz de luna y sol y flores y árboles y montes,
Y le amo sin pensar en él,
Y le pienso viendo y oyendo
Y ando con él a todas horas”

Concebir a dios, no como Dios, sino como “el todo”, el aire, las aves, las flores, la naturaleza.
La vida profunda de Barba Jacob, y Rubén Darío que escribió esto:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Y ¡sí que pesa el vivir!
Vivir en la ignorancia de la propia existencia, no es bueno ni malo, simplemente es dormir, decía Pessoa “Mas ahora estoy durmiendo… porque es sueño el no saber”
Sin embargo, tan inocua es aquella ignorancia, como terrible la consciencia del existir, esta que Rubén Darío llamara “vida consciente”.

“Sólo son la ignorancia y la inocencia
Felices, más lo ignoran. ¿Son o no?
¿Qué es, sin saberlo, ser? Ser, cual la piedra
Un lugar nada más”.

¿Que nos da el vivir pensante, más que dudas y la triste consciencia de la más absoluta ignorancia?
Si Pessoa me brindó nuevas luces para observar mi espiritualidad, Quevedo, ese gran maestro del vivir, me enseñó a valorar constantemente la vida, a apreciar la irrelevancia de tantas cosas tan erróneamente valoradas de la existencia, como la riqueza y la gloria. Me enseñó Quevedo una nueva dimensión del amor, ese amor constante más allá de la muerte.

(…) ¿Qué otra cosa es verdad sino pobreza,
en esta vida frágil y liviana?,
las dos embustes de la vida humana,
desde la cuna, son honra y riqueza (…)

La vida en sí misma es ilógica. La razón del “ser”, se escapa a nuestros muy limitados razonamientos. Siempre son lo que se siente, y lo que se vive, aunque pasen desapercibidos en el devenir de nuestras vidas, las cosas que al llegar el blanco día tendremos en cuenta para hacer nuestro balance final, un balance que muchas veces (caso Iván Illich), nos arroja a la cara, un triste saldo en rojo.
Desde que nacemos empezamos a morir un poco, es como si naciéramos con un reloj en conteo regresivo incrustado en el pecho. La vida, es la misma muerte, pero en cuenta regresiva.
Entonces: ¿Qué otra cosa vale más la pena del vivir, que el amor?

“Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora a su afán ansioso lisonjera;
Mas no, de esotra parte, en la ribera,
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
Venas que humor a tanto fuego han dado,
Medulas que han gloriosamente ardido:
Su cuerpo dejará no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.”


Por:
El Argonauta.

La hipocresía de la sociedad occidental.



Nuestra sociedad funciona de este modo:
En términos generales se cree en Dios, en Jesucristo, y en la biblia como la palabra de Dios. Es un hecho aceptado. Luego entonces lo ateo o lo agnóstico, no vende, es rechazado, marginado a la mejor forma inquisitorial. Pero también es claro que no se es consecuente con lo que se cree.
Observemos. Vivimos en la sociedad occidental, abanderada de la libertad, el libre pensamiento, el racionalismo, los derechos humanos y del Dios de Abraham y Moisés. No obstante todos estos arquetipos en los que se ha fundamentado esta extraña civilización son abandonados por esta misma en el plano de lo fáctico. Las naciones occidentales en nombre de causas tan etéreas como la libertad, o como la defensa de los derechos humanos, han cometido los crímenes más horrendos de la historia de la humanidad. Y no hablemos de Dios. Cuyo nombre ha sido históricamente manipulado para justificar otras de las peores infamias de nuestra avanzada cultura.
Entonces, creemos en Dios o no?
Por eso el nombre de este ensayo. Hipocresía. Se cree, pero no se aplica, se predica pero no se está del todo convencido. Se quiere vivir bajo  parámetros auto impuestos, a pesar de abandonar los preceptos que implican el hecho de creer en Dios. En Colombia por ejemplo, es muy políticamente correcto creer en Dios. Pero los cristianos evangélicos, son mirados con desconfianza. Es cultural e intelectualmente heroico no creer en Dios, sin embargo, en el fondo aun persiste la duda sobre no creer. En Colombia se es políticamente correcto al ser católico. Pero en Estados Unidos por ejemplo, lo es más el ser protestante.
Yo creo que es necesario hacer un examen crítico y serio de la forma en que estamos llevando nuestra espiritualidad, tal vez estemos incurriendo en la más terrible inconsecuencia.

Después seguiremos reflexionando.

jueves, 4 de febrero de 2010

Ocurrió así (Cuento por Alan Corvis)

Ocurrió así


Ahí estaba yo. Al pie del cuadrilátero viendo como le  propinaban una soberana paliza a  quien había apostado yo más de tres años de mis ahorros. Moría de desesperación;  creo, me había comido ya más de  cinco uñas enteras mientras “Mano de piedra” Gonzales mataba a golpes a mi peleador.
Yo veía entre cada punch y cada gancho a la quijada, irse tristemente a chorros mi dinero.  El knockout era inminente ya, y yo desesperado lloraba mi increíble mala fortuna, ¿Pero cómo era posible que se quedara así? Sin levantar los brazos por lo menos, ¡es que parecía muerto en vida el pelmazo.  Yo no pude soportar más aquella situación. y lo que logro recordar ahora de aquel momento, es que unos segundos después, cuando finalmente logré reaccionar de entre una extraña bruma mental, me vi dentro del ring noqueando con mis propios puños al mano de piedra Gonzales que se protegía infructuosamente ante aquel súbito ataque mientras un racimo de gigantescos guardias llovían raudos sobre mí tratando desesperadamente neutralizarme. Ahora le pregunto señor municipal: ¿qué más podía  yo hacer?, ¿dejar que el gran hijo de puta se llevara  mi dinero?



LOS MIEDOS DE AURELIO

Los Miedos De Aurelio



El partido sólo llevaba 12 minutos y en esa taberna del centro de la ciudad un grupo de trasnochadores alcohólicos disfrazados de hinchas se comían las uñas al ver que su equipo ya perdía un gol por cero. Con Los tiburones siempre se sufría y como en el amor, Aurelio estaba acostumbrado a sufrir. Su caso era el del amante que no concebía la pasión sin algo de dolor, tristeza y desengaño.



La había conocido por casualidad en un bar ochentero; comenzaron a dialogar sobre el clima para romper el hielo, luego sobre filosofía, el primer amor de María Juana, el maravilloso sabor y efecto de varios “cuba libre”, hasta terminar empañando los vidrios y humedeciendo la cojinería de un carro prestado.



Terminó el primer tiempo y el partido persistía con igual marcador. Todos fumaban y bebían como locos, el dueño del establecimiento, un árabe con camisa floreada, hizo sonar salsa de “Lavoe” buscando suavizar el ambiente que empezaba a tornarse tenso. Aurelio no se inmutaba ni emitía palabra, a diferencia de sus amigos que no paraban de hablar aparentemente eufóricos. Por su cabeza circulaban tres grandes miedos: Que perdieran la final los tiburones y así mismo el enervado amor de María Juana. El otro siempre había estado ahí: La aparición repentina de la muerte.



Durante las primeras semanas la pasión entre ambos fue inagotable, casi no hablaban, se hacían entender a través de caricias, deshidratadores besos, miradas cómplices y sexo en todas las formas, en la mañana, al medio día, en el cajero automático, en el baño de un restaurante, en el piso de la cocina y por supuesto en la playa. Fumaban, bebían y cantaban canciones de” Jarabe De Palo”. Hasta ahí no había ocurrido una sola discusión. Empero, interiormente el temor de Aurelio aumentaba esperando el golpe certero y al corazón, que provoca la desilusión de un enamoramiento en agonía.



Necesitaban empatar para quedar campeones. Los amigos de Aurelio anhelaban el triunfo para amanecer borrachos, esta vez con una muy buena excusa. Sólo faltaban cinco minutos y la esperanza se agotaba como esa media de aguardiente. Aurelio continuaba inmóvil como una momia, con los brazos cruzados, preguntándose por el devenir de su relación soñada, apretando el culo con cada jugada de peligro que su equipo del alma generaba.



Una noche de confesiones revelaron uno al otro su pasado sexual, Aurelio exageró un poco y quizás María Juana también, sobre todo cuando ella le contó que en quinto semestre, borracha hasta el cogote, había hecho un trió con dos amigos. Aurelio fingió no impresionarse, aunque por dentro un hormigueo de machismo genético le carcomía el orgullo. Terminó contándole que él también lo había hecho, pero omitiendo del relato que había sido con dos prostitutas que terminaron atracándolo cuando se durmió.



Sonó el pitazo final y nunca se logró empatar. El rótulo de subcampeón o perdedor, que es lo mismo, pesaba sobre las espaldas de los tiburones. Una discusión se armó en ese cuchitril del centro, las botellas comenzaron a reventarse contra las paredes; Una se estrelló contra la cabeza de Aurelio dejándolo inconsciente y la sangre le cubrió el rostro. Horas más tarde despertó en una clínica, había soñado con María Juana. Estaban en la playa disfrutando del atardecer al calor de una botella de vino. Una enfermera le alumbró los ojos con una pequeña linterna. Una voz conocida le susurró al oído, era María Juana diciéndole: Vamos para mi casa tiburón.


Aurelio.

LUNA DESAFORADA

Luna Desaforada

“Para mi bella María Juana”

Esas noches su sueño era inquieto, hablaba dormida, balbuceaba inentendibles palabras que a veces se convertían en frases enteras. Se movía de un lado para otro como una hormiguita en un tarro de azúcar, inquieta, acorralada por la gula de aquí para allá, temerosa de permanecer por el resto de sus días en una jaula de porcelana colmada de placer, condenada a tener para siempre como única compañía una cucharita de plata que entra y sale, a veces untada de café o té; mañana, tarde y noche. Mientras el sueño de Morfeo se hacía más punzante la observaba entre pestañas, parecía tranquila, como cuando bailaba en esas fiestas de la playa, sin zapatos, sintiendo la arena entre sus dedos, escondida a través de sus lentes oscuros, con esa cara de satisfacción que pocos habían visto o al menos valorado, moviendo las caderas lujuriosamente, alborotando hombros y pechos, provocando a los pescadores que se alistaban para tirar las redes que necesitaban llenas. Saboreando cada milímetro del humo dulce y risueño, besándome. Tomando de ese ron añejo con una araña que escalaba hasta la punta misma de la gloria, saboreándose ante cada bocado de la vida. Invitando a una ronda de cumbia y tambo’, incitando a la flauta de millo. Sudada, hermosa. Al otro día despertó alterada, algo triste, mientras contaba el mal sueño de la noche anterior, la causa del enojo inconsciente, de la movilidad continúa e intensa, las frases cuyo idioma parecían arameo antiguo. Se arrimaba a mi pecho buscando una caricia que yo le daba presto y ansioso, esperando escuchar las causas de la fragilidad inconsciente. Quizás un mal momento de la infancia acompañado de violencia, el temor ante una hecatombe nuclear, un acceso carnal indeseado, la frustración por cualquier cosa, una comida pesada antes de dormir, la botella de vino acabada, una mascota que nunca más regreso. Finalmente volvía a dormirse. Esta vez tranquila, imperturbable como la mar después de la lluvia. De noche habrá otra fiesta con fogata y cumbia, también porro y ron. Ella bailara hasta el cansancio con la arena colándose entre sus dedos y la briza rozando sus mejillas. Más tarde, cuando estemos desnudos en la cama nos revolcaremos hasta resbalarnos con nuestro sudor. Ella será mi ninfa y yo el Dios Pan que la persigue, calienta y observa, incluso en sueños y pesadillas.


Aurelio.

martes, 2 de febrero de 2010

Qué posee quien ama? (F. Pessoa - A. Caeiro)

Quien ama nunca sabe por qué ama

(por Fernando Pessoa) 

 

Creo en el mundo como en una margarita
porque lo veo.
Pero no pienso en él,
porque pensar es no comprender.
El mundo no se ha hecho para que pensemos en él
(pensar es estar enfermo de los ojos)
sino para que lo miremos y estemos de acuerdo…
Yo no tengo filosofía: tengo sentidos…
Si hablo de la naturaleza
no es porque sepa lo que es
sino porque la amo, y la amo por eso,
porque quien ama nunca sabe lo que ama,
ni sabe por qué ama, ni qué es amar…
Amor es la eterna inocencia
y la única inocencia es no pensar.


A. Caeiro

sábado, 30 de enero de 2010

Te amo porque no eres mía (Poesía por: Allan Corvis)



Te amo porque no eres mía



Te amo porque no eres mía,
porque no impero en tu cuerpo,
porque persistes a pesar de mí.
Porque decides ingenuamente
amarme a cada día
(sin ese interés egoista
del que espera
amor a cambio)
y aunque no te amara, sé,
que aun así tu me amarías.

Porque decides a cada día
desangrarte de tu tiempo
y en suspiros y en aliento
me obsequias tu compañía,
y porque no hay bondad más grande,
que despojarse
de lo que nunca ha de volver.

Porque me escuchas hablar
como serpiente a su encantador.
Porque me escuchas divagar
con mi cuerpo atado a tu mano
como un globo a su niño
y cuando me elevo demasiado
con un beso me recobras
embargándome de emoción
al saber
que jamás serás mas mía.

Porque no poseo tu cuerpo,
y porque no decido en tí
y decidiste porque sí
desgajarte de amor la vida.

Porque soy vil por no ser humano,
pero tú, más que un ser humano
me haces un ser feliz,
no resta más que decir
que solo por ello te amo.




Corvis


lunes, 28 de diciembre de 2009

Dia tras dia... (Wisława Szymborska)

el dia de ayer leía la editorial de la revista arcadia *, y me he topado con esta bella sorpresa, aca se las comparto:



Wyslava Zsymborska
poetisa polaca,
premio nóbel de literatura año 1996:



Bajo una pequeña estrella
Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo misma me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.






magnífica no les parece?



* http://www.revistaarcadia.com/ediciones/51/editorial.html